Notas a lecturas de fin de 2025 y comienzos de 2026
EL ESCRITOR BOLIVIANO, ÁLVARO LOAYZA, RESEÑA SUS MEJORES LECTURAS EN LO QUE VA DEL FIN DEL AÑO Y LOS INICIOS DEL PRESENTE
Óscar Coaquira Alí, a partir de la desaparición de la wawa de una joven pareja alteña, nos ofrece una novela negra (El Alto bajo cero, 2025) que narra las vicisitudes de una ciudad inyectada de intensidad, frío y fragor. Detectives yatirescos, policías enervados, sindicodelincuentes temerarios, travestis atracadores, borrachos infatigables, arrechos consuetudinarios y meretrices variopintas se enmarañan para dibujar al verdadero personaje que es la ciudad de El Alto, pocos años después de haber sido la punta de lanza, para destronar y enviar al exilio al ex mandatario del país, Gonzalo Sánchez de Losada. El autor juega un ágil ping-pong entre diversos grupos de personajes y tramas que se van urdiendo paulatinamente, mientras que todo pende de un hilo para que la ciudad no arda en un descalabro social provocado por el ingente tráfico de vicio y depravación que corrompe a grandes y chicos desde la más incontrolada informalidad e ilegalidad. El autor sale airoso de ese entramado, prometiendo una continuación que siga ilustrando los sucesos de los sobrevivientes de la trama y la gélida ebullición de una ciudad que no descansa, que no recula ni para tomar impulso.
***
El comienzo del paraíso (Editorial Nuevo Milenio, 2025) es el título de la nueva obra de cuentos de Edmundo Paz Soldán y es una frase que emerge en el parque cerca a Villa Esperanza donde discurre el poderosísimo cuento La reserva del puma, que es el epicentro del volumen y de donde irradian muchas de las problemáticas y sendas que aborda el libro. La desaparición de dos turistas danesas es la premisa del relato para que en torno a ello se esbocen una cantidad de indagaciones, reconstrucciones, hipótesis, conjeturas y delirios, que oscilan entre el accidente negligente, el crimen mafioso o la fuerza exacerbada de una naturaleza que ya no controlamos ni conocemos. En veinte páginas el autor nos atrapa con su prosa a modo fragmentos y en el camino, lo que parece ser un cúmulo fáctico de hechos, empieza a tornarse de algo que pasa del miedo al horror, sea cual sea la postura o interpretación por la que termine optando el lector, que en mi caso podía concluir subtitulando el libro Algo huele a podrido fuera de Dinamarca. Otros cuentos como ser La madre, Las enloquecidas estrellas o Mi problema con fantasmas, persiguen ese derrotero enrarecido y turbio que reviste casi todo el catálogo de relatos lo que supone pensar, continuando en el afán anterior, que podríamos subtitular el volumen como Lo que deviene en infierno, ya que en el texto subyace una sensación, un sustrato, de turbiedad y de putrefacción, vinculado a una naturaleza que en contacto con el humano, ha tornado lo paradisiaco en un entorno oscuro y hostil homologando ese pérfido actuar que nace de la naturaleza humana.
***
Debo aclarar que como lector de poesía, lo mío es aprobar con 3,6. Pero con afán de catar polifonías me adentré a dos poemarios de Fher Masi, uno en soledad (Polifónica de Dukes) y otro en compañía con Valentina Gonzales (No vuelvas Sebastiana/El Alto es un k´olo/Oruro es una ñusta en tanga, triple título del poemario) y ambos volúmenes me han causado regocijo. Señalar, como primera cosa, que Masi tiene la destreza de incorporar a la poesía un elemento que la mayoría de las veces se le hace esquivo a dicho arte, el humor; la poesía de Masi es erótica e irreverente, o mejor dicho, arrecha y borracha; su ritmo de bajista chichero se siente en los versos que oscilan entre parejas llauk´arando en minibuses y coplas de sarnitas jaripeados, todo dentro de un espíritu tabernero y vitalista, que sonsaca alegría al lector. En el poemario a cuatro manos entre Fher y Valentina, se nota el diálogo y los matices de la pluma de cada uno, ellos encadenan un baile poético donde Oruro y El Alto flirtean a través de los versos de los autores. Ese Oruro carnavalero, cuyo espíritu acarrea dichas y desdichas, y ese El Alto que mezcla dentro de su juventud ese vínculo con el ancestro profundo y la modernidad tecnológica exacerbada, dentro de las paradojas encarnadas, se recitan, se cantan, se rezan mutuamente a partir de versos que mezclan una mirada sombría y crítica a la realidad, a su vez, que una celebración del cuerpo, la vida y sus dádivas.
***
Cuarto de siglo, libro del crítico literario y periodista cultural Martín Zelaya, arranca de una consulta acerca de los textos más relevantes de la literatura boliviana en los primeros veinticinco años de este siglo XXI y a partir de ahí realiza una lectura hermeneútica sobre una docena de libros procurando hallar los derroteros más marcados de nuestra narrativa actual. Independientemente de los volúmenes seleccionados o de los métodos utilizados para la elección de los mismos, creo que cabe resaltar dos cosas muy importantes que suscita Cuarto de siglo (el cual que como comenta Martín Zelaya, empezó siendo un ensayo a solicitud y terminó siendo un proyecto, un libro mucho más grande y sustancial): a) primero, a raíz de su premisa y de su selección, invitar a toda la comunidad literaria, la no académica y la académica, a proponer un debate dialogado sobre la literatura boliviana del siglo XXI. A mi me gustan desde siempre las listas, y lo primero que llama la atención a primera vista suelen ser las ausencias, y justamente que las ausencias encontradas en Cuarto de siglo sean para la comunidad de letras, el disparador de debatir sobre las corrientes, las escritoras y escritores, los temas y motivos que configuran la literatura boliviana a veinticinco años pasados del presente siglo y dos siglos de vida republicana. El debate queda servido, gracias Martín por la invitación. b) Las reseñas del autor que nos contextualizan los libros elegidos y que es aumentada por Zelaya, con otros ejemplares para ensanchar la discusión, que sin hacer gala de lo mismo, nos exhibe lo esencial de una labor como crítico y periodistas, de haber reseñado más de 180 volúmenes en su poco más de 20 años de carrera como periodista cultural en muchos medios de prensa y divulgación. Esa fundamental y noble tarea no debe perderse, más allá de los radicales cambios que han sufrido los medios tradicionales de prensa e información. En esos dos sentidos Martín Zelaya nos recuerda la necesidad de debatir sobre nuestro ecosistema literario y la tarea esencial del periodismo cultural como acicate y fuente de acceso, difusión y discusión de una literatura nacional que no deja de mostrar y descubrirnos renovados actores, actrices, geografías, temáticas y facetas sobre las cuales leer y sobre las cuales, sanamente, polemizar.
***
En esta sociedad que aboga por la formación y aprendizaje continuo nada nos forma, enseña o prepara para la pérdida de nuestros seres queridos, sobre todo de los más cercanos, nuestros progenitores, y de eso versa el libro de Georgui Gospodínov, El jardinero y la muerte, que explora la orfandad previa y posterior a la agónica muerte de su padre, ese superhéroe omnipresente de su existencia, que sumergido en la vejez y en la enfermedad (ese maldito cáncer que tiene mil formad de devorar a los seres humanos) parte con un hijo quebrado a su lado y como su fantasmal y cálida figura acompañan el duelo y la vida posterior del hijo. Muchos pasajes, muchas descripciones se hacen familiares a quien nos tocó dejar a alguien en el camino y cómo en las partes finales del libro, las memorias, el rompecabezas de recuerdos, lugares y enseñanzas que resuenan y se hacen presentes con el vacío del ausente padre (o madre, en mi caso) van siendo madera para la hoguera creativa, para la escritura, cuya catarsis, Gospodinov, convierte en su única manera de sobrellevar, de “sanar” el duelo. Nadie nos prepara, nadie nos puede enseñar lo que es la pérdida, pero el autor búlgaro nos permite entender que hay muchas sensaciones y sentimientos comunes en ese deambular entre los umbrales de la muerte de un progenitor.