Los orígenes de Puerto Rico

El filme, en el que también participarán Viggo Mortensen y Edward Norton, ha sido escrito entre el cantante y el guionista ganador del Premio Oscar Alexander Dinelaris

Los orígenes de Puerto Rico Los orígenes de Puerto Rico Foto: Internet

M. Cantó
Puño y Letra / 25/02/2026 02:57

Elegir como lectura de verano a un autor cuyo principio creador y motor productivo es el mar, no debería sorprender tanto. Por supuesto, no es una lectura pasatista en el sentido de best seller de playa, si es que sigue existiendo algo así. Es una lectura de verano más íntima, algo introspectiva. Un estado del alma aventurera en su ocaso o, para no ser tan duros con nosotros mismos, en su cenit. Si a eso se agrega que este verano argentino está signado por incendios voraces, accidentes y muertes sinsentido, alocadas incursiones en Brasil y turbulencias políticas y faranduleras de baja calidad, elegir algunos libros de Joseph Conrad para transcurrir enero y febrero puede ser un gesto menos irónico de lo que parece, un viaje muy poco turístico para internarnos, otra vez, en el mundo de las tinieblas. Disentería y fiebres tropicales, por ahora, brillan por su ausencia. ¿El horror? El horror: en cámara lenta.

Uno emprende la lectura y relectura de Conrad buscando remontar el rio caudaloso de las historias enhebradas en otras historias, las voces que cuentan y alumbran otras voces y, por cierto, otros ámbitos. Más que exotismo a la manera clásica, encontramos en los mares del Lejano Oriente representaciones desmayadas, espejismos vivientes, versiones del otro, tormentas fantasmagóricas, tifones que antes que modernos tsunamis, son tortuosos símbolos de la condición humana. Postales de las turbulencias internas que a veces se refractan en el relato de la catástrofe.

¿Qué es la vida? Algo que transcurre entre el primer viaje y el último, entre el aprendizaje iniciático y la madurez rotunda, entre el primer mando del novato y la última gran misión del “viejo”, el capitán. Por eso, dos historias como Juventud y La última carta (The End of the Tether) suelen publicarse juntas. Por eso, hay que leer en general que novato y capitán son versiones de lo mismo desde la que se despliegan como en abanico las versiones de los otros. Juventud es una de esas piezas breves y brillantes sobre el romanticismo de las ilusiones, pero se pregunta si “lo maravilloso es el mar -el mar mismo- ¿o acaso solo la juventud?”. Mientras que, en La última carta, un vigoroso capitán se enfrenta a los 67 años a un espejo roto de la juventud, donde solo queda en pie la aventura de la derrota. Historias como Tifón o El cómplice secreto despliegan estas visiones onduladas donde detrás de una blancura esencial, de una opacidad hecha de vapor y humedad, el narrador es siempre uno y el otro, el idealista fiel a sí mismo y el asesino ocasional, el casi adolescente entusiasta y el capitán necio que, sin embargo, sorprenderá con el ímpetu centrado en la prueba final: conducir el barco a buen puerto desde el ojo exacto de la tormenta.

En fin, mucho se ha dicho y escrito ya de Conrad, su carácter de doble de sí mismo (el polaco y el extranjero, nacionalizado luego ciudadano británico, el marinero y el escritor, Marlow como su alter ego; Conrad desdoblado en Marlow) y el destino hiperbólico de un libro irredento como El corazón de las tinieblas. Sigo pensando que, si bien es innegable el mérito de esta obra llevada al cine por Coppola o la insuperable sutileza de La línea de sombra, este verano prefiero volver al Conrad que se lee y relee en el matiz, en los detalles; al que se puede entrar por innumerables puertas y ventanas, incluyendo, por supuesto, fragmentos inconexos del Marlow de El corazón, los vaivenes de una mirada doble sobre el colonialismo, la civilización, la avanzada sobre el otro. Pero el horror como belleza está en los detalles, la literatura también. Leer y releer a Conrad como una fuente inagotable, de placer, de intensidad, de potencia. Siempre están ahí. Como el mar.

Quizás se puedan agregar unas reflexiones extraídas de Cesare Pavese, gran lector de la literatura norteamericana y de Conrad, quien buscó indagar en ese “manantial de memoria y emoción” que (tanto Conrad y Pavese) tienden a identificar con la “juventud”.

“Para Conrad, los Mares del Sur son verdaderamente el lugar del alma. No es el titánico y bíblico mar de Melville, ni el de Stevenson, sanatorio climatológico rico en nobles leyendas e instituciones interesantes, sino el perenne vaivén de la costa, del mar y de la costa, lugar de incertidumbre que puede convertir un arribo, un trivial y previsto arribo, en el comienzo de una estupenda y absurda aventura, de juventud, de pasión y destino”, escribió Pavese.

Quizás, todo esto justifique algo, mucho o poco, elegir a Conrad como lectura de verano. No tanto por esa sensación de ir internándonos sin prisa y sin pausa en el corazón de las tinieblas sino porque a pesar de todos los pesares, los incendios, sequías y tifones, siempre queremos volver a ese manantial de memoria y emoción que Conrad definió magistralmente como “aquellos tiempos cuando éramos jóvenes en el mar, cuando éramos jóvenes y no teníamos nada, en el mar que no da nada, excepto golpes fuertes, y a veces la oportunidad de poner a prueba la propia fuerza, ¿no es acaso eso lo único que extrañan?”.

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