MAESTRO TAGORE Raúl Teixidó

Amal, antiguo jardinero de palacio, no habría atinado en precisar el número de años –apacibles, como la corriente de un arroyo-- que llevaba al cuidado y embellecimiento de los vergeles reales, poniendo en su quehacer pericia, tacto y amor.

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Relato inspirado en El jardinero
Puño y Letra / 05/03/2026 02:51

Amal, antiguo jardinero de palacio, no habría atinado en precisar el número de años –apacibles, como la corriente de un arroyo-- que llevaba al cuidado y embellecimiento de los vergeles reales, poniendo en su quehacer pericia, tacto y amor.

Al soberano que había conocido en sus años mozos, le sucedió en el trono su primogénita, la princesa Sharmila, a quien había visto crecer y desarrollarse dulce y placenteramente, como correspondía a la flor más delicada del jardín.

Si algún poderoso maharajá, valorando la excelencia de su labor, le hubiera propuesto trabajar para él, Amal hubiera declinado respetuosamente el ofrecimiento, pues nada podía equipararse al privilegio de servir a la reina –----criatura de bondad y belleza incomparables-- a quien idolatraba.

Durante sus vacaciones, la muchacha deambulaba despreocupadamente por los que Amal consideraba sus dominios, admirando los parterres, pletóricos de aroma y color, bebía agua de la fuente en el cuenco de su mano, se arreglaba el cabello mirando su reflejo en la superficie del estanque o inquiría el nombre de esta o aquella flor o de algunas aves que anidaban en la frondosa arboleda circundante.

¡Cuánto tiempo transcurrido desde aquellos felices días!

Amal había dejado de ser el joven jardinero real, soñador y algo perezoso, extasiado ante aquella princesita retozona (ah, el tintineo de sus ajorcas, la luz de su sonrisa...), ahora convertida nada menos que en soberana del reino.

Sharmila, a su vez, requerida por las obligaciones inherentes a su posición, permanecía en palacio, dándoles puntual y esmerado cumplimiento.

Amal se conformaba con verla esporádicamente, cuando se asomaba al balcón, a la caída de la tarde, sus oscuros y bellísimos ojos puestos en los manglares o en el majestuoso curso del río, visible en la lejanía.

Alguna que otra noche, a una hora en la que todos se han retirado a descansar y bajo las arcadas reales se ve únicamente a la guardia de turno, Amal se consagra a un cometido muy distinto del que efectúa al aire libre: Amal escribe, lenta y trabajosamente, como un escolar primerizo, al dictado de su inspiración.

«Vuestro nombre es dulce y grato al oído, como el rumor del agua en la fuente o el trino de los pájaros al amanecer.

Vuestra presencia, liviana y embriagadora, como la brisa que llega del río, perfumada por el aliento de las flores que ha ido encontrando en su camino.

Os contemplo a todas horas, aun sin teneros delante de mí.

Escucho vuestra melodiosa voz en el silencio de mis días solitarios.

Beso la huella que vuestras pisadas dejan en la tierra húmeda de los senderos.

Y durante la noche contemplo, como si fuera una estrella más del vasto firmamento, la luz de la lamparilla de aceite que vela vuestro sueño».

Como de costumbre, Amal deja luego a secar la página, antes de guardarla en una pequeña arca de madera, junto a las muchas que la precedieron: tal es su oculto e inviolable secreto que –de no mediar la mano del Destino--. Amal se hubiera llevado consigo a la tumba.

El tiempo, desapacible a temprana hora, motivó que Amal saliera más pronto, con objeto de proteger los nuevos brotes que podían verse afectados por el viento o la lluvia.

Una ráfaga de aire se coló furtivamente en su estancia, arrastrando más allá del umbral la página que aún  no había puesto a buen recaudo, hasta el pie de un arbusto, donde quedó enganchada.

Allí la vio, casualmente, una muchacha del servicio.

Advirtiendo que llevaba algo escrito (podía tratarse de un documento oficial) resolvió entregársela a la reina.

A media tarde, el viento había amainado.

La reina bajó al jardín, aproximándose a su viejo servidor, que se estremeció al reconocer el pliego manuscrito que ella sostenía en la mano.

-- Una de mis doncellas lo encontró esta mañana, junto a tu vivienda –manifestó Sharmila, intrigada--. Lo que lleva escrito... ¿es obra tuya?-- Intuyendo la zozobra de Amal, añadió conciliatoriamente--: De ser así, no tienes nada que temer...

Amal, cabizbajo, dudaba entre rechazar la autoría de sus palabras o disculparse por haber cedido al impulso de escribirlas.

--¿Y bien? -- se impacientó la reina.

-- No sé cómo pudo ocurrir, Majestad –balbuceó Amal--. Os suplico humildemente que me perdonéis.

-- Tu proceder exige algo más que una simple disculpa, jardinero – repuso Sharmila--. Si bien te refieres a mí en términos elogiosos, es algo que has hecho a escondidas y sin mi consentimiento. Y seguramente no por primera vez...

-- Estáis en lo cierto, Majestad –admitió resignadamente el jardinero--. Son palabras que escribo solo para mí: nadie las vio ni las verá jamás...

-- Esa excusa tampoco me satisface –replicó ella--. Hoy mismo harás entrega de todo lo que hayas escrito. En cuanto a tu trabajo... quizá sea aconsejable reemplazarte por alguien más joven y respetuoso.

-- La única gracia que demando, reina mía, es continuar a vuestro servicio –declaró Amal, sin ocultar su desasosiego--. Prefiero escuchar de vuestros labios una sentencia de muerte al castigo de no volver a veros...

Sharmila demoró unos segundos en responder.

-- Ya has dicho bastante por ahora, Amal –acotó--. Debo considerar detenidamente este asunto. Serás llamado a comparecer ante mí dentro de algunos días. Entretanto, puedes retornar a tus faenas.

Largas horas de pesar e incertidumbre para el contrito jardinero.

Sus manos expertas no abandonaron su labor, pero se movían con desangelado automatismo, mientras sus pensamientos se atropellaban en la penumbra de su cerebro, como ratones ciegos.

Finalmente, fue requerido ante la presencia de Sharmila una luminosa mañana de junio que, al paso que iban las cosas, podía tornarse para él en la más gris y desolada de su existencia.

Le sorprendió gratamente que la reina lo acogiera con una sonrisa.

-- Mi buen Amal, jardinero de mi jardín... ¿O de ahora en adelante debo llamarte jardinero-poeta? Veo que compusiste muchos poemas en mi honor, lo cual me halaga, y también otros, que describen con primor las maravillas de la naturaleza: flores, plantas, árboles centenarios, días y noches... ¡Qué deleitosamente se expande tu alma, jardinero! Muy mal hubieras procedido no compartiendo el fruto de tu inspiración, al que todos tenemos derecho...-- declaró complacidamente la reina.

Amal permanecía inmóvil, en un alborozado silencio.

-- En mi condición de soberana de este pequeño reino, perdido en la inmensidad del Indostán, donde tenemos la fortuna de haber nacido  --añadió Sharmila-- te comunico que continuarás a mi servicio, tal como deseas, y que tus escritos serán reunidos en un libro que, a no dudarlo, te otorgará merecida fama.

Me atrevo a vaticinar que tus palabras perdurarán por mucho más tiempo que las vidas de todos los que habitamos en palacio y que, incluso dentro de cien años, llevarán hasta lectores –remotos y desconocidos en este momento-- un rayo de luz de este día esplendoroso, que alegrará sus corazones como un presente divino.

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