Indigente fallecido, una historia de abandono

El hombre alcohólico sufría de dolores; nadie le ayudó a curarse

CONGOJA. El cuerpo del indigente yace ante la vista de cientos de curiosos que se arremolinaron. CONGOJA. El cuerpo del indigente yace ante la vista de cientos de curiosos que se arremolinaron.

Luis Alberto Guevara López
Seguridad / 29/09/2016 04:28

Sólo lo acompañaban dos perros callejeros, sus compañeros. Un indigente alcohólico murió la mañana de ayer, frente a la plazuela de El Reloj. Un día antes y hasta la hora de su muerte, se quejó de un fuerte dolor que nadie le ayudó a remediar, como sucede con otros tantos alcohólicos que viven a la intemperie, en medio de las avenidas Germán y Jaime Mendoza, entre las calles 29 de Septiembre y Marzana.

Alrededor de las 9:00, el indigente que estaba sentado en el banco de la jardinera frente a la plazuela de El Reloj intempestivamente cayó y no se levantó. Murió. Sus dos perros negros que le hacían compañía permanecieron quietos, recostados, como si también estuvieran durmiendo el sueño profundo de la muerte, uno bajo el banco donde yacía el cuerpo y el segundo bajo otro banco contiguo.

Alguien se percató de la situación del hombre y se dio cuenta que estaba muerto. Mientras pedía ayuda a la Policía, la gente empezó a arremolinarse para observar la penosa escena. Murió en compañía de dos de sus perros, que no temieron a la multitud y permanecieron al lado de su amo. ¿Sus mejores amigos? Los hechos dicen que sí y la gente que los conocía, también.

Llegó la Policía y al corroborar que el hombre estaba muerto, cubrieron su rostro con la chamarra que tenía en sus manos. La gente curiosa siguió arremolinándose y de en medio comenzaron a surgir las conjeturas. ¿Será el viejo o el joven? Murmuraron. Por este lugar deambulaban continuamente dos borrachitos, decían. Ambos dormían en el molle, apuntaron, cerca de donde estaba el fallecido. Eran amigos y comían por estos lugares, complementaron las voces acongojadas.


El cadáver yacía en el piso y cada persona que se acercaba lo hacía con los ojos saltones como queriendo descifrar el misterio que envolvía a la escena. En tanto, periodistas y fotógrafos se movían en el pequeño círculo improvisado haciendo tomas del occiso de todos los ángulos posibles. Los pies de los acuciosos reporteros pasaban a centímetros de los perros, que ni aun así se movieron. Querían estar hasta el último minuto al lado de su amigo.

Llegó la fiscal que junto a los investigadores de la Policía hicieron el levantamiento legal del cadáver. Cuando su rostro fue descubierto, casi todos se abalanzaron sobre el cadáver queriendo saber quién y cómo era, pero la Policía puso orden en el acto.

El cuerpo fue levantado a la camilla e inmediatamente introducido en la ambulancia, que lo transportó hasta la morgue del hospital Santa Bárbara.

No sonaron las sirenas, ya no había prisa. Las conjeturas de la gente ganaron al silencio de la muerte, al silencio del dolor de ver una persona fallecida, pero no quebraron el silencio y la quietud de los perros. Su amigo, Agustín Menacho Vallejos, de aproximadamente 35 años de edad, estaba muerto. Se fue, sólo dejó tres escupitajos de coca y sus perros. 

LA VIDA DE AGUSTÍN

Víctor López, un estibador o cargador, era amigo y colega de Agustín. Se conocieron hace más de seis años trabajando en el mismo oficio. Agustín era oriundo de Yamparáez, llegó a Sucre procedente de Santa Cruz donde, se dice, tenía su mujer. Víctor contó que su amigo vino a Sucre porque tenía problemas con ella. Empezó a trabajar bien, pero desde hace unos tres años se dedicó al alcohol; sólo trabajaba para sostenerse y pagar su “vicio”. Últimamente casi no trabajaba.

La última vez fue la semana pasada, cuando junto a Víctor y otras personas descargaron 420 quintales de azúcar, aun así “se trabajaba bien todavía”, recordó Víctor.

Dormía en la calle a veces tapado con el inmenso manto del cielo y sus estrellas; otras, en medio de los huecos o zanjas para tener calor.

Agustín no tuvo una muerte repentina. Sufría de alguna enfermedad de la que nadie sabía. Víctor cree que murió porque sus riñones reventaron, sólo sabe que tenía un fuerte dolor a la altura del estómago. Un día antes estaba mal. “Se paraba y se botaba, no podía aguantar el dolor”, en las mismas jardineras que están frente a la plazuela de El Reloj.

Ayer, antes de las 9:00, Víctor vio sentado a su amigo y se acercó a preguntarle qué tenía y éste contestó que le dolía su pecho y no podía respirar. 

No recibió ningún tipo de atención médica al igual que decenas de indigentes.

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